lunes, 7 de julio de 2008

Excelencia Educativa

Carlos Segade En los años ochenta leí un clásico del management titulado In Search of Excellence de Peters y Waterman. Ese libro constituyó uno de los textos fundamentales de muchas escuelas de negocios que formaban ejecutivos para los nuevos tiempos de competitividad como eran aquellos de los ochenta y noventa. Tras ese boom, las revistas especializadas se dedicaban a hacer rankings de empresas excelentes, se pusieron de moda los círculos de calidad, pero al cabo del tiempo se vio que raramente una empresa duraba mucho como excelente. El globo se pinchó. La excelencia siempre se ha visto como un objetivo por alcanzar. Se forman ejecutivos, se les ayuda a fijar objetivos excelentes, a crear ambientes de trabajo excelentes, a tomar decisiones excelentes, etc., porque el objetivo es alcanzar la excelencia, algo a lo que se tiende pero al que nunca parece que se llega, ya que es un continuo y frustrante proceso de mejora sin fin. Las empresas educativas, que son las que mejor conozco, también han entrado hace tiempo en esta vorágine por la excelencia, sobre todo las universidades y escuelas de posgrado. Aun a sabiendas del peligro que corro de parecer un idealista, diré que me parece un craso error. Una empresa educativa no tiene que tender a la excelencia sino partir de ella. El gran error, bajo mi punto de vista, es creer que a la excelencia se llega, cuando en realidad de la excelencia es de donde se parte. Si una empresa educativa no parte de un ideario (o carácter propio) de excelencia y focaliza todas sus fuerzas para mantenerse en ella, creer que algún día la alcanzará porque sus fundadores tenían las ideas muy claras de lo que querían obtener, es poner las bases para no ser nunca una empresa excelente, en términos empresariales. A la excelencia educativa no se va, se vuelve, siempre que las bases estén bien puestas. Esto no quiere decir que no haya que formar directivos, ni mucho menos, o que los profesores no deban ser los adecuados al carácter propio del centro, esas tareas serán continuas en una empresa educativa dinámica, sino que el propio devenir del centro integrará modos de hacer excelentes, engarzados en el ideario inicial de tal forma que se determinen cada una de las acciones directivas en función de la interpretación de ese ideario. ¿Por qué ya no se habla de excelencia? Simplemente porque la idea parecía buena, pero irrealizable, luego se habló de eficacia, de calidad, de mil cosas que modelan el management, tan sometido a modas como cualquier otra cosa. Sin embargo, aunque haya pasado de moda, no se puede renunciar a la idea de excelencia tan fácilmente. Un consejo de administración que sepa fijar las bases de una empresa con una honda huella de excelencia, muchas veces más elevada que la mera gestión de las cosas, habrá puesto la primera piedra de una gran obra educativa destinada a perdurar Carlos Segade Profesor del Centro Universitario Villanueva