martes, 8 de julio de 2008

Ignorancia

José Carlos Martín de la Hoz Tertuliano en su tratado El apologético redactado en el 197 se dirigió a los magistrados y gobernadores romanos de provincias para reclamar la libertad de culto para los cristianos severamente perseguidos, mediante argumentos que, con el paso de los siglos siguen teniendo frescura y actualidad. Veamos algunos textos. Comienza quejándose amargamente de loa agravios que sufrían los cristianos de su época: “He aquí el primer agravio que ante vosotros formulamos: la injusticia del odio contra el nombre cristiano. El título que parece excusar tamaña iniquidad es precisamente el que la agrava y la prueba, a saber, la ignorancia” (cap.I). Seguidamente, recoge el argumento: “Se vocifera que la sociedad está sitiada por cristianos en el campo, en los poblados fortificados, en las islas; duélense como de una pérdida de que personas de todo sexo, edad, condición y dignidad pasen al nombre cristiano. Mas con todo, no levantan el ánimo a pensar que hay por dentro algún bien latente, no pueden sospechar en algo más recto, no quieren cerciorarse desde más cerca. ¡Sólo aquí se muestra perezosa la humana curiosidad! Aman el ignorar, así como otros se alegran de conocer” (cap.I). ~ Recoge las acusaciones habituales que circulaban entre el vulgo: de estupro, infanticidio, incesto y demás patrañas, para llegar a la acusación central: “No honráis a los dioses, nos decís, y no ofrecéis sacrificios por los emperadores”. A lo que responde con firmeza: “Síguese únicamente que nosotros no sacrificamos por otros, por la misma razón que nos impide sacrificar por nosotros mismos, y que no adoramos a los dioses ni una sola vez. Por eso se nos persigue como a culpables de sacrilegio y de lesa majestad. He ahí el punto capital de nuestra causa, o más bien, esa es toda nuestra causa (…). Dejamos de honrar a vuestros dioses desde el momento que reconocemos no ser tales” (cap. X). Seguidamente se detiene en la contemplación de Dios, de su bondad, belleza, verdad, grandeza para terminar: “Eso es lo que permite comprender a Dios: la imposibilidad de comprenderle. Por donde la potencia de su magnitud le revela y le oculta a la vez a los hombres. Y en esto se resume toda su culpa: en no querer reconocer a Aquél a quien no pueden ignorar”. A continuación, expresa la potencia del hombre para amar a Dios y lo muestra en las vidas de los cristianos para concluir: “¡Oh testimonio del alma naturalmente cristiana!”( cap. XVII). Finalmente, dirige sus ojos al tesoro de la Revelación de Dios en Cristo, contenido en la Escritura y en la Tradición entregada a la Iglesia: “Mas para que lleguemos a un conocimiento más pleno y profundo de sus mandamientos y voluntades nos ha dado además el documento de sus Libros santos, en los que puede el hombre buscar a Dios y, después de haberle buscado, hallarle; y, tras de hallado, creer en El; y, habiendo ya creído, servirle. Para ello envió al mundo desde un principio varones dignos, por su justicia y su inocencia, de conocer a Dios y de darle a conocer; varones inundados por el divino Espíritu para anunciar que no existe sino un solo Dios, el que todo lo creó, el que formó al hombre del barro” (cap.XVIII). José Carlos Martín de la Hoz Para leer más: Vian, Giovanni Maria (2006) La Biblioteca de Dios. Historia de los textos cristianos, Madrid, Cristiandad

domingo, 6 de julio de 2008

De viris illustribus

José Carlos Martín de la Hoz Al estilo de las viejas recopilaciones de la antigüedad clásica, San Jerónimo compuso a finales del siglo IV una obra de gran trascendencia: el tratado de De viris ilustribus. Un compendio, sencillo y completo de los grandes escritores del cristianismo hasta el momento de redacción del tratado. Como señala él mismo en la introducción el escrito lo elabora en Belén, donde estaba retirado trabajando. La primera observación es el famoso dicho: ni son todos los que están, ni están todos los que son. Resulta divertido ver a Séneca entre los nombres de cristianos ilustres, y se echa en falta a otros, aunque pocos. San Jerónimo se reconoce deudor de la Historia Eclesiástica escrita unos años antes por Eusebio de Cesarea, pero señala que ha leído las obras de los autores que va a citar. Muchos de esos libros los encontró y pudo tomar sus notas en la biblioteca de Cesarea, la famosa Bibliotheca divina (cfr. cap.75), que conservaba ejemplares muy antiguos del Nuevo y del Antiguo Testamento, así como las obras de los primeros escritores cristianos. Indudablemente el peso de las acusaciones de Celso, Porfirio y Juliano el Apóstata, están presentes en su trabajo, pues para esos tres polemistas "la Iglesia nunca había contado en sus filas con filósofos, oradores y doctores". Por eso el objetivo de su obra será señalar: "cuántos y qué calidad de hombres ilustres han fundado la Iglesia, la han levantado y la han embellecido; y que en adelante dejen de argumentar contra nuestra fe con una simplicidad propia de rústicos, y reconozcan más bien su completa ignorancia" (Introducción). Al repasar los autores señalados y las fuentes aportadas, es llamativo ese cruzarse de lo temporal y lo eterno. Es importante la historia documentada, donde se debe avanzar cautelosamente, pero siempre es clave. Como recuerda José Miguel García: "La Investigación histórica no puede concluir nada sobre la divinidad de Jesús, pero sí puede estudiar las huellas que este acontecimiento excepcional ha dejado en la historia y valorar cual es la explicación más adecuada de este hecho histórico al que llamamos cristianismo" (p.24). Ver el eco de la Sagrada Escritura en las personas. Como recuerda Benedicto XVI: "Hoy en día se somete la Biblia a la norma de la denominada visión moderna del mundo, cuyo dogma fundamental es que Dios no puede actuar en la historia y que, por tanto, todo lo que hace referencia a Dios debe estar circunscrito al ámbito de lo subjetivo" (p.60). Es interesante ver la honradez de san Jerónimo para señalar lo que ha leído y lo que no. Su hondura y profundidad para estudiar y leer le permitió hacer la traducción de la Vulgata teniendo delante textos muy fiables. Ahí están los 135 autores citados, con sus referencias biográficas, las obras que escribieron y su importancia. El último de los autores es el propio San Jerónimo, lo que no deja de tener su gracia. José Carlos Martín de la Hoz Para leer más: García Pérez, José Miguel (2007) Los orígenes históricos del cristianismo, Madrid, Encuentro Benedicto XVI (2007) Jesús de Nazaret, Madrid, Esfera de los libros

jueves, 3 de julio de 2008

La actualidad de Ramón Llull

José Carlos Martín de la Hoz Teodoro Martín acaba de publicar en la Biblioteca de Autores Cristianos, en la colección clásicos de espiritualidad, una selección de textos de Llull. Un gran acierto, pues el mallorquín Raimundo Llull (1232-1316), siglos después de su muerte, sigue atrayendo por su claridad y su profunda coherencia. Raimundo se convirtió a los 30 años después de llevar una vida alocada buscando la felicidad donde no podía hallarla. Cristo crucificado le salió al encuentro en cuatro tardes consecutivas, que transformaron su entera existencia. Desde entonces hasta su muerte, no cesó de entregarse a vivir la intimidad con Jesús y a predicarla por todas partes. Los límites del espacio y del tiempo, la barrera de los idiomas o de las costumbres, no fueron obstáculos para el alma apostólica de Llull. El políglota mallorquín fue un estudioso de las lenguas orientales, sobre todo del latín, árabe y hebreo. Fue el impulsor del nacimiento de las cátedras de lenguas en las Facultades de Teología del mundo, no sólo para conocer mejor y acercarse a la Sagrada Escritura, sino también para dialogar con judíos y musulmanes. El mismo recorrió Europa, el norte de África, Siria y Tierra Santa. Entre las muchas piezas de gran interés incluidas en esta selección, está el libro del “Amigo y del Amado”(pp.73-125). Una de las obras clásica lulianas, repetidamente editada en muchas lenguas. Un texto clásico para la meditación acerca del amor de Dios. Se trata de un fruto de su vida espiritual y de su conocimiento de la mística cristiana, pero también, es un eco del Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento. Los textos recogidos en este volumen tienen un hilo conductor: impulsar la vida cristiana, primero en el clero y luego en la totalidad del Pueblo de Dios con una fuerte llamada a la conversión a la oración, a la coherencia de fe y vida de fe. Los textos seleccionados del libro de Blanquerna (pp.5-70), son ingenuos y muy expresivos de una época, pero siguen siendo actuales. La parte final de esta selección la componen el Arte de la Contemplación, (pp.125-181). Unas bellísimas páginas que constituyen una llama a la contemplación de Dios; de su Belleza, Verdad y Bondad. Es llamativo el alto grado de mística que contienen, a la vez están expresadas con un fondo racional, aunque no exento de profundos sentimientos. Donde la poesía Luliana alcanza su cenit es en la última joya contenida en este trabajo. Se trata de la edición del pequeño tratado “Llanto de la Virgen” (pp.255-266). Un libro muy difícil de encontrar en castellano. El contenido refiere una extensa y bellísima creación acerca de la vida de la Virgen María acompañando a la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo. José Carlos Martín de la Hoz Para leer más: Lulio, Raimundo (2007) Aventura y defensa de la fe. Textos selectos, Madrid, BAC

En julio: "Agua de noria" de Jiménez Lozano

"Agua de noria" José Jiménez Lozano, Edicions RBA, 2008


Con el descubrimiento de un cadáver y la consiguiente pesquisa policial se inicia una trama que nos llevará a descubrir un asunto turbio relacionado con la investigación científica y en el que nadie es lo que parece. La profundidad de la indagación en la esencia psicológica y sentimental de los personajes, la variedad de registros y el tono costumbrista entrelazado con la intriga de la trama y los quiebros argumentales de esta novela hacen de Agua de noria una lectura apasionante que aúna la mejor novela de entretenimiento con lo más egregio de la literatura española.

martes, 1 de julio de 2008

Un año paulino

Ángel Cabrero Ugarte Su Santidad el Papa Benedicto XVI ha convocado para toda la Iglesia un año conmemorativo del dos mil aniversario del nacimiento de San Pablo, que comienza este domingo, solemnidad de los apóstoles. Es la ocasión para fijarnos en este hombre, llamado el Apóstol, por excelencia, a pesar de no ser uno de los 12, pero sí un discípulo "por vocación". Por los datos que tenemos y por las descripciones de los diversos autores conjeturando a partir de ellos, nos hemos hecho una idea, una figura, de un hombre más bien bajito, calvo, algo tartaja. Diríamos que no muy atrayente, nada mediático según los cánones de ahora. Y sin embargo con una fuerza de persuasión extraordinaria. ¿Qué tenía este hombre tan distinto que imantaba a las personas que le escuchaban? San Pablo era un hombre convencido, coherente hasta el extremo, que pasa de perseguidor de los cristianos, por su celo como judío, al amor de Cristo que le lleva a una entrega heroica a los demás hombres. Una conversa rusa, Tatiana Góricheva decía que "un cristianismo sin exigencias radicales se convierte en utilitarista". San Pablo, sin duda, estaría de acuerdo con esta opinión. Era un hombre radical. Y radical no es equivalente a violento. El radical, según el diccionario, es "partidario de reformas extremas", y también viene de fundamentar, de raíz. Es sin duda lo que se pretende de un cristiano de hoy, según los tiempos que corren, como era imprescindible en los tiempos en que el Apóstol predicó por muchos lugares. La predicación de Cristo no puede ser mediocre o tibia: ha de ser radical, que nos lleva a la raíz y que supone reformas extremas. Desde luego eran imprescindibles en el momento en que los primeros cristianos mostraron a las gentes una idea nueva, en casi todo el mundo conocido, pero también ahora, en el nuestro, donde el sentido cristiano ha desaparecido de la sociedad y, en buena medida, de la familia. San Pablo era un hombre convencido, enérgico, movido por el amor. Y eso le costó mucho sufrimiento. Como el dirá a los corintios (II Cor 11, 24-28): "Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias". Eso es lo que le mueve, la preocupación por los demás; observamos con admiración la eficacia de un solo hombre entregado, y pensamos, esa es una de las enseñanzas de este año paulino, en la eficacia de nuestra vida cuando es santa, llena de Dios y de preocupación sincera por los que se han olvidado de Jesucristo.

Ángel Cabrero Ugarte

Para leer más:

Dreyfus, Paul (2007) Pablo de Tarso. Ciudadano del Imperio, Madrid, Palabra
Herranz, Mariano (2008) San Pablo en sus cartas, Madrid, Encuentro
Decaux, Alain (2005) El aborto de Dios, Madrid, Apóstrofe Wohl, Louis de (2003) El mensajero del rey, Madrid, Palabra

sábado, 28 de junio de 2008

La conquista del Estado

José Carlos Martín de la Hoz

Todavía predominan en algunos medios de comunicación en España miedos y acusaciones a la Iglesia como si fuera un grupo de presión político empeñado en dominar el Estado. Parecen olvidarse de los Pactos de Letrán de 1917, cuando con la consolidación del pequeño Estado de la ciudad del Vaticano, quedaron atrás definitivamente los riesgos del poder político. El Reino de Dios proclamado por Jesucristo mantiene su autonomía respecto a cualquier construcción política. La Iglesia actúa a un nivel más profundo: el de la Salvación. Eso sí, la Iglesia como experta en humanidad y depositaria del tesoro de la Revelación divina, puede y debe recordar a los hombres la verdad sobre el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios y destinado a la eternidad.

Precisamente la acción social de los cristianos proclamada por el Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes recuerda que los cristianos corrientes están llamados a vivificar las estructuras temporales, colaborar con sus compatriotas en la construcción de una sociedad justa, pero alejados de mezclar la fe con cuestiones políticas. Vale la pena recordar algunas afirmaciones de Benedicto XVI en su obra sobre Jesús de Nazaret: "La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para que el reino de Jesús no pueda ser identificado con ninguna estructura política, hay que librarla en todos los siglos" ( p.65).

A la vez, la fe cristiana compromete radicalmente, pues es un empeño de santidad lo que mueve al cristiano, y por tanto le mantiene movilizado a favor del propio hombre: "El Imperio cristiano o el papado mundano ya no son hoy una tentación, pero interpretar el cristianismo como una receta para el progreso y reconocer el bienestar común como la autentica finalidad de todas las religiones, también la cristiana, es la nueva forma de la misma tentación" (Ibid, p.68).

Por tanto, conviene recordar que no existen fórmulas políticas cristianas únicas: "Las formas jurídicas y sociales concretas, los ordenamientos políticos, ya no se fijan literalmente como un derecho sagrado para todos los tiempos y, por tanto para todos los pueblos"(Ibid, p.150). Es decir, Jesús da libertad al hombre para organizarse política y socialmente, el único límite es el derivado del propio ser: saltarse la naturaleza es autodestruirse.

La Iglesia recuerda que la conversión y la reforma comienzan por uno mismo. El mensaje de Jesús el día de la Ascensión fue claro: "id y predicad a todas las gentes"(Mt 28,8). Alma a alma, persona a persona, familia a familia. Para llevarles a la oración y a la conversión personal: "Puesto que ser hombre significa esencialmente relación con Dios, está claro que incluye también el hablar con Dios y el escuchar a Dios" (Ibid, p.161).

José Carlos Martín de la Hoz

Para leer más:

Benedicto XVI, (2007) Jesús de Nazaret, Barcelona, La esfera de los libros
Woods Jr., Thomas E. (2008) Por qué el Estados sí es el problema, Madrid, Ciudadela
Andrés-Gallego, J. (1999) La Iglesia en la España contemporánea, Madrid, Encuentro

Más novedades de Junio 2008

Como de costumbre os recomendamos algunos libros recientes.

Números, de Varo Pineda, Francisco

Amor a fuego lento, de Castillo, Gerardo

Desiertos de la luz, de Colinas, Antonio

Sin flores ni coronas, de Elina, Odette

Una mujer en Jerusalén, de Yehoshúa, Abraham B.